LA
MUJER CHOCOANA ÚNICA EN SU GENERO
Aprovechando la oportunidad que me brinda
las fechas del pasado DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER, del reciente
DÍA DE LA SECRETARIA, la más próxima y quizá
la más importante el DÍA DE LA MADRE, me atrevo a inmiscuirme,
analizar y, sobretodo., a sacar conclusiones de los valores de la mujer
chocoana.
Hace poco, un filosofo y sociólogo,
pudimos disertar sobre los grandes atributos físicos y sociológicos
de esta mujer. Infortunadamente, el hombre chocoano, machista por excelencia,
la ha convertido, por su espectacular figura, por su hermoso cuerpo,
y por su ardiente forma de hacer el amor, (única en el mundo)
en un aparato sexual y en una maquina para hacer hijos; dejando de lado
sus sentimientos, su dulzura y su gran encanto interior.
En un mundo donde la sociedad, propaganda, y demás medios de
comunicación sólo ven el cuerpo de la mujer, su frente
y su trasero, no se puede esperar otra cosa. Sin embargo, hay que recordar
que los reinados de 'belleza' ya miran el intelecto de la mujer y asocian
la belleza con las dos cualidades juntas.
Chocoanas, madres y secretarias, se han
propuesto, en los últimos tiempos, a terminar con ese flagelo,
sobretodo la mujer entre 25 y 30 años; y se han dedicado a capacitarse,
prepararse y educarse y, porqué no decirlo, a demostrar que tienen
igual y aún más capacidades que algunos hombres.
Pero todavía falta, porque algunas mujeres (jóvenes especialmente)
no han entendido que valen, no sólo por lo de fuera, sino por
lo de adentro AQUELLO, podrán subir al escaño que se merecen.
En Nueva Zelanda, las mujeres son el gobierno. Estoy casi seguro, que
el terriblemente despampanante cuerpo de la mujer chocoana, resaltado
con sus valores morales harán que la historia las registre en
el libro de los Gines record.
Felicitaciones a todas: a la sufrida y resignada mujer del campo que
se levantan a las cuatro de la mañana a trabajar con sus cerdos
y gallinas; a la aguerrida de la plaza de mercado que, vendiendo chontaduro,
borojó y pescado, cría a sus hijos con agrado; a la secretaria
ya graduada y licenciada que soporta con nobleza las cascarrabias de
su jefe; a la que estudia y es madre, y a la que, se detiene en su camino
por su retrógrado marido; a todas las madres doctoras y senadoras;
a las que luchan y se enfrentan al inestable mundo de los hombres. A
todas ellas, que con muy pocas excepciones, pueden cambiar mis impresiones
y si uno de ellos me desmiente, como decía el maestro Caicedo,
que venga con migo y me enfrente.
MANUEL
MONTENEGRO REYES
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